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A las ocho en punto, la berlina de la Marquesa venía arrancando chispas por las mal empedradas calles de la Encimada; llegaba a la Plaza Nueva y se detenía delante del caserón arrinconado.

La Marquesa, de azul y oro, luciendo asomos de encantos que fueron, hoy mustios collados, con las canas teñidas de negro y el tinte empolvado de blanco, entraba en el comedor de la Regenta abriendo puertas con estrépito.

-¿Cómo? ¿qué es esto? ¿no te has vestido?

-¡Qué terca! -exclamó Paquito, que acompañaba a su madre.

Don Víctor inclinó la cabeza y encogió los hombros, dando a entender que no era responsable de aquella terquedad.

«Él, sí, estaba dispuesto». En efecto, se abrochaba los guantes y lucía su levita de tricot muy ajustada.

Ana sonrió a la Marquesa.

-Pero, señora, si es una locura. ¿Por qué se ha molestado usted?

-¿Cómo locura? Ahora mismo te vas a vestir. Pues ya que me he molestado, como tú dices, no será en vano. ¡Ea! arriba; o aquí mismo, delante de estos señores te peino, te calzo y te visto.

-Eso es -dijo Paco- te vestimos, te peinamos...

Don Víctor instó también.

-La vida es Sueño, hija mía, es el portento de los portentos del teatro... Es un drama simbólico... filosófico.

-Sí, ya sé, Quintanar...

-Y Perales, que lo dice tan bien, mi amigo Perales.

-Y que habrá tanta gente -añadió la Marquesa.

-Por Dios, señora: con mil amores, si no fuera... ¿No voy otras veces? ¡Pero si mañana tengo que comulgar!

-¡Ta, ta, ta, ta! ¿y qué tiene eso que ver? ¿Lo sabe la gente? ¿Vas tú al teatro a pecar?

-¡El arte es una religión! -advirtió don Víctor consultando el reloj, temeroso de perder lo de

Hipógrifo violento
que corriste parejas con el viento.

Después supo que esto lo suprimían. «¡Qué escándalo!».

-Pero, niña -prosiguió- demasiado nos honra la Marquesa.

-¿Qué honra ni qué calabazas?... pero ha de venir.

-No señora; es inútil insistir.