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Don Quijote de la Mancha. Page 192

Online Library: Don Quijote de la Mancha

Pero escuchemos: quizás se declarará más.
–Sí hará –replicó Sancho–: que término lleva de quejarse un mes arreo.
Pero no fue así; porque habiendo entreoído el Caballero del Bosque que hablaban cerca dél, sin pasar adelante en su lamentación, se puso en pie y dijo con voz sonora y comedida:
–¿Quién va allá? ¿Qué gente? ¿Es por ventura de la del número de los contentos, o de la del de los afligidos?
–De los afligidos –respondió don Quijote.
–Pues lléguese a mí –respondió el del Bosque–, y hará cuenta que se llega a la mesma tristeza y a la afición mesma.
Don Quijote, que se vio responder tan tierna y comedidamente, se llegó a él, y Sancho ni más ni menos.
El caballero lamentador asió a don Quijote del brazo diciendo:
–Sentaos aquí, señor caballero; que para entender que lo sois, y de los que profesan la andante caballería, bástame el haberos hallado en este lugar, donde la soledad y el sereno os hacen compañía, naturales lechos y propias estancias de los caballeros andantes.
A lo que respondió don Quijote:
–Caballero soy, y de la profesión que decís; y aunque en mi alma tienen su propio asiento las tristezas, las desgracias y las desventuras, no por eso se ha ahuyentado della la compasión que tengo de las ajenas desdichas. De lo que cantastes poco ha colegí que las vuestras son enamoradas, quiero decir, del amor que tenéis a aquella hermosa ingrata que en vuestras lamentaciones nombrastes.
Ya cuando esto pasaban estaban sentados juntos sobre la dura tierra, en buena paz y compañía, como si al romper del día no se hubieran de romper las cabezas.
–Por ventura, señor caballero –preguntó el del Bosque a don Quijote–, ¿sois enamorado?
–Por desventura lo soy –respondió don Quijote–; aunque los daños que nacen de los bien colocados pensamientos antes se deben tener por gracias que por desdichas.
–Así es la verdad –replicó el del Bosque–, si no nos turbasen la razón y el entendimiento los desdenes, que siendo muchos, parecen venganzas.
–Nunca fui desdeñado de mi señora –respondió don Quijote.
–No, por cierto –dijo Sancho, que allí junto estaba–; porque es mi señora como una borrega mansa: es más blanda que una manteca.
–¿Es vuestro escudero éste? preguntó el del Bosque.
–Sí es –respondió don Quijote.
–Nunca he visto yo escudero –replicó el del Bosque– que se atreva a hablar donde habla su señor: a lo menos, ahí está ese mío, que es tan grande como su padre, y no se probará que haya desplegado el labio donde yo hablo.
–Pues a fe –dijo Sancho–, que he hablado yo, y puedo hablar delante de otro tan... Y aun quédese aquí, que es peor meneallo.
El escudero del Bosque asió por el brazo a Sancho, diciéndole:
–Vámonos los dos donde podamos hablar escuderilmente todo cuanto quisiéremos, y dejemos a estos señores amos nuestros que se den de las astas, contándose las historias de sus amores: que a buen seguro que les ha de coger el día en ellas y no las han de haber acabado.
–Sea en buena hora –dijo Sancho–: y yo le diré a vuestra merced quién soy, para que vea si puedo entrar en docena con los más hablantes escuderos.
Con esto se apartaron los dos escuderos, entre los cuales pasó un tan gracioso coloquio como fue grave el que pasó entre sus señores.