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Don Quijote de la Mancha. Page 21

Online Library: Don Quijote de la Mancha

ANTONIO
Yo sé, Olalla, que me adoras,
puesto que no me lo has dicho
ni aún con los ojos siquiera,
mudas lenguas de amoríos.

Porque sé que eres sabida,
en que me quieres me afirmo,
que nunca fue desdichado
amor que fue conocido.

Bien es verdad que tal vez,
Olalla, me has dado indicio
que tienes de bronce el alma,
y el blanco pecho de risco.

Más allá, entre sus reproches
y honestísimos desvíos
tal vez la esperanza muestra
la orilla de su vestido.

Abalánzase al señuelo
mi fe que nunca ha podido
ni menguar por no llamado
ni crecer por escogido.

Si el amor es cortesía,
de la que tienes colijo
que al fin de mis esperanzas
ha de ser cual imagino.

Y si son servicios parte
de hacer un pecho benigno,
algunos de los que he hecho
fortalecen mi partido.

Porque, si has mirado en ello,
más de una vez habrás visto
que me he vestido en los lunes
lo que me honraba el domingo.

Como el amor y la gala
andan un mismo camino,
en todo tiempo a tus ojos
quise mostrarme polido.

Dejo el bailar por tu causa,
ni las músicas te pinto,
que has escuchado a deshoras
y al canto del gallo primo.

No cuento las alabanzas
que de tu belleza he dicho,
que, aunque verdaderas, hacen
ser yo de algunas mal quisto.

Teresa del Berrocal,
yo alabándote, me dijo:
Tal piensa que adora un ángel,
y viene a adorar a un jimio.
Merced a los mucho dijes
y a los cabellos postizos,
y a hipócritas hermosuras
que engañan al amor mismo.
Desmentíla, y enojóse,
volvió por ella su primo,
desafióme, y ya sabes,
lo que yo hice y él hizo.

No te quiero yo a montón,
ni te pretendo y te sirvo
por lo de barraganía,
que más bueno es mi designio.
Coyundas tiene la iglesia,
que son lazadas de sirgo,
pon tu cuello en la gamella,
verás cómo pongo yo el mío.

Donde no, desde aquí juro
por el santo más bendito,
de no salir destas tierras
sino para capuchino.

Con esto dio el cabrero fin a su canto, y aunque Don Quijote le rogó que algo más cantase, no lo consintió Sancho Panza, porque estaba más para dormir que para oír canciones. Y así dijo a su amo: bien puede vuestra merced acomodarse desde luego a donde ha de pasar esta noche, que el trabajo de estos buenos hombres tienen todo el día no permite que pasen las noches cantando. Ya te entiendo, Sancho, respondió Don Quijote, que bien se me trasluce que las visitas del zaque piden más recompensa de sueño que de música. A todos nos sabe bien, bendito sea Dios, respondió Sancho. No lo lo niego, replicó Don Quijote; pero acomódate tú donde quisieres, que los de mi profesión mejor parecen velando que durmiendo; pero con todo eso sería bien, Sancho, que me vuelvas a curar esta oreja, que me va doliendo más de lo que es menester. Hizo Sancho lo que se le mandaba; y viendo uno de los cabreros la herida, le dijo que no tuviese pena, que él pondría remedio con que fácilmente se sanase; y tomando algunas hojas de romero, de mucho que por allí había, las mascó y las mezcló con un poco de sal, y aplicándoselas a la oreja, se las vendó muy bien, asegurándole que no había menester otra medicina. Y así fue la verdad.