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Don Quijote de la Mancha. Page 39

Online Library: Don Quijote de la Mancha

¿Y quién le mató? preguntó Don Quijote. Dios, por medio de unas calenturas pestilentes que le dieron, respondió el bachiller. Desa suerte, dijo Don Quijote, quitado me ha nuestro Señor del trabajo que había de tomar en vengar su muerte, si otro alguno le hubiera muerto: pero habiéndole muerto quien le mató, no hay sino callar y encoger los hombros, porque lo mismo hiciera si a mí mismo me matara; y quiero que sepa vuestra reverencia, que soy un caballero de la Mancha, llamado Don Quijote, y es mi oficio y ejercicio andar por el mundo enderazano tuertos y desfaciendo agravios. No sé cómo puede ser eso de enderezar tuertos, dijo el bachiller; pues a mí de derecho me habeis vuelto tuerto, dejándome una pierna quebrada, la cual no se verá derecha en todos los días de mi vida, y el agravio que en mí habeis deshecho ha sido dejarme agraviado de manera que me quedaré agraviado para siempre, y harta desventura ha sido topar con vos, que vais buscando aventuras. No todas las cosas, respondió Don Quijote, suceden de un mismo modo: el daño estuvo, señor bachiller Alonso López, en venir como veníades de noche, vestidos con aquellas sobrepellices, con las hachas encendidas, rezando, cubiertos de luto, que propiamente semejábades cosa mala y del otro mundo, y así yo no puedo dejar de cumplir con mi obligación acometiéndoos, y os acomeitera aunque verdaderamente supiera que erades los mismos Satanases del infierno, que para tales os juzgué y tuve siempre. Ya que así lo ha querido mi suerte, dijo el bachiller, suplicó a vuestra merced, señor caballero andante, que tan mala andanza me ha dado, me ayude a salir de debajo desta mula, que me tiene tomada una pierna entre el estribo y la silla. Hablara yo para mañana, dijo Don Quijote; ¿y hasta cuándo aguardábades a decirme vuestro afán? Dió luego voces a Sancho Panza que viniese; pero él no se curó de venir, porque andaba ocupado desvalijando una acémila de repuesto que traían aquellos buenos señores bien bastecida de cosa de comer.
Hizo Sancho costal de su gabán y recogiendo además todo lo que pudo y cupo en el talego de la acémila, cargo su jumento, y luego acudió a las voces de su amo y ayudó a sacar al señor bachiller de la opresión de la mula, y poniéndole encima della, le dio el hacha, y Don Quijote le dijo que siguiese la derrota de sus compañeros, a quien de su parte pidiese perdón de el agravio, que no había sido en su mano dejar de haberles hecho. Dijóle también Sancho: Si acaso quisieren saber esos señores quién ha sido el valeroso que tales los puso, dígales vuestra merced que es el famoso Don Quijote de la Mancha, que por otro nombre se llama el "Caballero de la Triste Figura". Con esto se fue el bachiller, y Don Quijote preguntó a Sancho, que qué le había movido a llamarle el "Caballero de la Triste Figura", más entonces que nunca. Yo se lo diré, respondió Sancho, porque le estado mirando un rato a luz de aquella hacha que llevaba aquel mal andante, y verdaderamente tiene vuestra merced la más mala figura de poco acá que jamás he visto; y débelo de haber causado o ya el cansancio deste combate, o ya la falta de muelas o dientes.
No es eso, respondió Don Quijote, sino el sabio a cuyo cargo debe de estar el escribir la historia de mis hazañas, le habrá parecido que será bien que yo tome algún nombre apelativo, como lo tomaban los caballeros pasados: cuál se llamaba "el de la Ardiente Espada", cuál "el del Unicornio", aquel "el de las Doncellas", aqueste "el del ave Fénix", el otro "el Caballero del Grifo", estotro "el de la Muerte", y por estos nombres e insignias eran conocidos por la toda la redondez de la tierra; y así digo que el sabio ya dicho te habrá puesto en la lengua y en el pensamiento ahora que me llamase el "Caballero de la Triste Figura", como pienso llamarme desde hoy en adelante, y para que mejor me cuadre tal nombre, determino de hacer pintar, cuando haya lugar, en mi escudo una muy triste figura. No hay para qué, señor, querer gastar tiempo y dineros en hacer esta figura, dijo Sancho, sino lo que se ha de hacer es que vuestra merced descubra la suya, y dé rostro a los que le miraren, que sin más ni más, y sin otra imagen ni escudo, le llamarán "el de la Triste Figura", y créame que le digo la verdad, porque le prometo a vuestra merced, señor (y esto sea dicho en burlas), que le hace tan mala cara la hambre y la falta de las muelas, que, como ya tengo dicho, se podrá muy bien excusar la triste pintura. Rióse Don Quijote del donaire de Sancho; pero con todo propuso de llamarse de aquel nombre en pudiendo pintar su escudo o rodela como había imaginado.
Olvidábaseme de decir, dijo al marcharse el bachiller a Don Quijote, que advierta a vuestra merced que queda descomulgado por haber puesto las manos violentamente en cosa sagrada, justa ilud: sit quis suadente diabolo, etc. No entiendo este latín, respondió Don Quijote: mas yo sé bien que no puse las manos, sino este lanzón; cuanto más, que yo no pensé que ofendía a sacerdotes, ni a cosas de la Iglesia, a quien respeto y adoro como católico y fiel cristiano que soy, sino a fantasmas y vestiglos del otro mundo; y cuando eso así fuese, en la memoria tengo lo que le pasó al CId Rui Diaz cuando quebró la silla del embajador de aquel rey delante de su santidad el Papa, por lo cual le descomulgó, y anduvo aquel día el buen Rodrigo de Vivar como muy honrado y valiente caballero.
En oyendo ésto el bachiller se fue, como queda dicho, sin replicarle palabra. Quisiera Don Quijote mirar si el cuerpo que venía en la litera eran huesos o no; pero no lo consintió Sancho, diciendole: Señor, vuestra merced ha acabado esta peligrosa aventura lo más a su salvo de todas las que yo he visto; esta gente, aunque vencida y desbaratada, podría ser que cayese en la cuenta de que los venció sólo una persona, y corridos y avergonzados desto volviesen a rehacerse y aa buscarnos, y nos diesen muy bien en que entender. El jumento está como viene, la montaña cerca, la hambre carga, no hay que hacer sino retirarnos con gentil compás de piés, y como dicen, váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza. Y antecogiendo a su asno, rogó a su señor que le siguiese, el cual, pareciéndole que Sancho tenía razón, sin volverle a replicar le siguió. Y a poco trecho que caminaban por entre dos montañuelas, se hallaron en un espacioso y escondido valle, donde se apearon, y Sancho alivió el jumento; y tendidos sobre la verde yerba, con la salsa de su hambre almorzaron, comieron, merendaron y cenaron a un mismo punto, satisfaciendo sus estómagos con más de una fiambrera que los señores clérigos del difunto (que pocas veces se dejan mal pasar) en la acémila de su repuesto traían; mas sucedióle otra desgracia, que Sancho tuvo por la peor de todas, y fue que no tenían vino que beber, ni agua que llegar a la boca y acosados de la sed dijo Sancho, viendo que el prado donde estaban estaba colmado de verde y menuda yerba, lo que se dirá en el siguiente capítulo.