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La Regenta. Page 119

Spanish Literature: La Regenta - Leopoldo Alas

-Ahí vienen, ahora dan vuelta a la esquina.

Anita sentía seca la boca; para hablar necesitaba humedecer con la lengua los labios. Lo vio Mesía que adoraba este gesto de la Regenta, y sin poder contenerse, fuera de su plan, natura naturans, exclamó:

-¡Qué monísima! ¡qué monísima!

Pero lo dijo con voz ronca, sin conciencia de que hablaba, muy bajo, sin alarde de atrevimiento. Fue una fuga de pasión, que por lo mismo importaba más que una flor insípida, y no era una desfachatez. Podía tomarse por una declaración, por una brutalidad de la naturaleza excitada, por todo, menos por una osadía impertinente, imposible en el más cumplido caballero.

Ana fingió no oír, pero sus ojos la delataron, y brillando en la sombra, buscando a don Álvaro que había retrocedido un paso en la obscuridad, le pagaron con creces las delicias que aquellas palabras dejaron caer como lluvia benéfica en el alma de la Regenta.

-Es mía- pensó don Álvaro con deleite superior al que él mismo esperaba en el día del triunfo.

-¿Quieren ustedes subir a descansar? -preguntó la dama a los caballeros, al ver llegar a Paco.

-No, gracias. Yo volveré luego con mamá a buscarte.

-¿A buscarme?

-Sí; ¿no te lo ha dicho ese? Hoy vas al teatro con nosotros. Hay estreno; es decir, un estreno de don Pedro Calderón de la Barca, el ídolo de tu marido. ¿No sabes? Ha venido un actor de Madrid, Perales, muy amigo mío, que imita a Calvo muy bien. Hoy hacen La vida es Sueño... ¡No faltaba más! Tienes que venir. ¡Una solemnidad! Mamá se empeña. Espera vestida.

-Pero, criatura, si mañana tengo que comulgar...

-¿Eso qué importa?

-¡Vaya si importa!

-Lo dejas para otro día. En fin, ya arreglarás eso con mamá; porque ella viene a buscarte.

Y sin atender a más, salió del portal el aturdido Marquesito.

Petra ya estaba dentro, en el patio, haciendo como que no oía. «Ya sabía a qué atenerse; era aquel. Por lo menos aquel era uno. El Marquesito la había entretenido a ella para dejar solos a los otros. Se le conocía en que estaba tan frío. No le había dado ni un mal abrazo en lo obscuro». Escuchó. Oyó que don Álvaro se despedía con una voz temblona y muy humilde.

-¿Irá usted al teatro?

-No, de fijo no -contestó la Regenta, cerrando detrás de sí la puerta y entrando en el patio.