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La Regenta. Page 149

Spanish Literature: La Regenta - Leopoldo Alas

Al lado de sus enfermos siempre estaba de broma.

-«¿Con que se nos quiere usted morir, señor Fulano? Pues vive Dios, que lo hemos de ver..., etc.».

Esta era una frase sacramental; pero tenía otras muchas. Así se había hecho rico. No usaba muchos términos técnicos, porque, según él, a los profanos no se les ha de asustar con griego y latín. No era pedante, pero cuando le apuraban un poco, cuando le contradecían, invocaba el sacrosanto nombre dela ciencia, como si llamase al comisario de policía.

«La ciencia manda esto; la ciencia ordena lo otro».

Y no se le había de replicar.

Aparte la ciencia, que no era su terreno propio, don Robustiano podía apostar con cualquiera a campechano, alegre, simpático, y hasta hombre de excelente sentido y no escasa perspicacia. Pecaba de hablador.

Al Magistral no le podía tragar, pero temía su influencia en las casas nobles y le trataba con fingida franqueza y amabilidad falsa.

De Pas le tenía a él por un grandísimo majadero, pero le tributaba la cortesía que empleaba siempre en el trato, sin distinguir entre majaderos y hombres de talento.

-¡Oh, mi señor don Fermín! cuánto bueno... Llega usted a tiempo, amigo mío; el primo está inconsolable. ¡Buen día de su santo! Le he dicho la verdad, toda la verdad; y, es claro, ahora que la cosa no tiene remedio, se desespera... Es decir, remedio... yo creo que sí... pero estas ideas exageradas que... en fin, a usted se le puede hablar con franqueza, porque es una persona ilustrada.

-¿Qué hay, don Robustiano? ¿Viene usted de las Salesas?

-Sí, señor; de aquella pocilga vengo.

-¿Cómo está Rosita?

-¿Qué Rosita? ¡Si ya no hay Rosita! Si ya se acabó Rosita; ahora es Sor Teresa, que no tiene rosas ni en el nombre, ni en las mejillas.

Don Robustiano se acercó al Magistral; miró a todos los rincones, a todas las puertas, y con la mano delante de la boca, dijo:

-¡Aquello es el acabose!

El Magistral sintió un escalofrío.

-¿Usted cree?

-Sí, creo en una catástrofe próxima. Es decir, distingo, distingo en nombre de la ciencia. Yo, Somoza, no puedo esperar nada bueno; yo, hombre de ciencia, necesito declarar, primero: que si la niña sigue respirando en aquel medio... no hay salvación, pero si se la saca de allí... tal vez haya esperanza; segundo: que es un crimen, un crimen de lesa humanidad no poner los medios que la ciencia aconseja... Señor Magistral, usted que es una persona ilustrada, ¿cree usted que la religión consiste en dejarse morir junto a un albañal? Porque aquello es una letrina; sí señor, una cloaca.

-Ya sabe usted que es una residencia interina. Las Salesas están haciendo, como usted sabe, su convento junto a la fábrica de pólvora.

-Sí, ya sé; pero cuando el convento esté edificado y las mujeres puedan trasladarse a él, nuestra Rosita habrá muerto.

-Señor Somoza, el cariño le hace a usted, acaso, ver el peligro mayor de lo que es.