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La Regenta. Page 244

Spanish Literature: La Regenta - Leopoldo Alas

Llegó a la sacristía y encontró al Arcipreste, al ilustre Ripamilán, disputando como si se tratara de un asalto de esgrima, con aspavientos y manotadas al aire; su contendiente era el Arcediano, el señor Mourelo, que con más calma y sonriendo, sostenía que la Regenta o no era devota de buena ley, o no debía haber ido al teatro en noche de Todos los Santos.

Ripamilán gritaba:

-Señor mío, los deberes sociales están por encima de todo...

El Deán se escandalizó.

-¡Oh! ¡oh! -dijo- eso no, señor Arcipreste... los deberes religiosos... los religiosos... eso es...

Y tomó un polvo de rapé extraído con mal pulso de una caja de nácar. Así solía él terminar los períodos complicados.

-Los deberes sociales... son muy respetables en efecto -dijo el canónigo pariente del Ministro, a quien la proposición había parecido regalista, y por consiguientedigna de aprobación por parte de un primo del Notario mayor del reino.

-Los deberes sociales -replicó Glocester tranquilo, con almíbar en las palabras, pausadas y subrayadas- los deberes sociales, con permiso de usted, son respetabilísimos, pero quiere Dios, consiente su infinita bondad que estén siempre en armonía con los deberes religiosos...

-¡Absurdo! -exclamó Ripamilán dando un salto.

-¡Absurdo! -dijo el Deán, cerrando de un bofetón la caja de nácar.

-¡Absurdo! -afirmó el canónigo regalista.

-Señores, los deberes no pueden contradecirse; el deber social, por ser tal deber, no puede oponerse al deber religioso... lo dice el respetable Taparelli...

-¿Tapa qué? -preguntó el Deán-. No me venga usted con autores alemanes... Este Mourelo siempre ha sido un hereje...

-Señores, estamos fuera de la cuestión -gritó Ripamilán- el caso es...

-No estamos tal -insistió Glocester, que no quería en presencia de don Fermín sostener su tesis de la escasa religiosidad de la Regenta.

Tuvo habilidad para llevar la disputa alterreno filosófico, y de allí al teológico, que fue como echarle agua al fuego. Aquellas venerables dignidades profesaban a la sagrada ciencia un respeto singular, que consistía en no querer hablar nunca de cosas altas.

A don Fermín le bastó lo que oyó al entrar en la sacristía para comprender que se había comentado lo del teatro. Su mal humor fue en aumento. «Lo sabía toda Vetusta, su influencia moral había perdido crédito... y la autora de todo aquello, tenía la crueldad de negarse a una cita». Él se la había dado para decirle que nodebía confesar por las mañanas, sino de tarde, porque así no se fijaba en ellos el público de las beatas con atención exclusiva... «Debe usted confesar entre todas, y además algunos días en que no se sabe que me siento; yo le avisaré a usted y entonces... podremos hablar más por largo». Todo esto había pensado decirle aquella tarde, y ella respondía que... «¡estaba con jaqueca!». -En casa de Páez también le hablaron del escándalo del teatro. «Habían ido varias damas que habían prometido no ir; y había ido Ana Ozores que nunca asistía».