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La Regenta. Page 255

Spanish Literature: La Regenta - Leopoldo Alas

Guardó el guante en un bolsillo, recogió las semillas que no había llevado el viento, y con gran cuidado volvió a escoger y separar los granos. Se trataba de una singularísima especie de pensamientos monocromos, invención suya.

Cuando sintió ruido en la casa, llamó a gritos.

-¡Anselmo, Petra, Servanda, Petra!...

Apareció Petra con el cabello suelto, en chambra, y mal tapada con un mantón viejo del ama. Parecía la aurora de las doradas guedejas; pero Frígilis, mal humorado, se encaró con la aurora.

-Oye, tú, buena pécora, ¿qué demonio de obispo entra aquí por la noche a destrozarme las semillas?...

-¿Qué dice usted que no le entiendo? -contestó Petra desde el patio.

-Digo que ayer me retiré yo de la huerta cerca del obscurecer, que dejé allá dentro unas semillas envueltas en un papel... y ahora me encuentro la simiente revuelta con la tierra en el suelo, y sobre una butaca este guante de canónigo... ¿Quién ha estado aquí de noche?

-¡De noche! Usted sueña, D. Tomás.

-¡Ira de Dios! De noche digo...

-A ver el guante...

-Toma -contestó Frígilis, arrojando desde lejos la prenda...

-Pues... ¡está bueno! ja, ja, ja... buen canónigo te dé Dios... Lo que entiende usted de modas, don Tomás... ¿Pues no dice que es un guante de canónigo?...

-¿Pues de quién es?

-De mi señora... No ve usted la mano... qué chiquita... a no ser que haya canónigas también.

-¿Y se usan ahora guantes morados?

-Pues claro... con vestidos de cierto color...

Frígilis encogió los hombros.

-Pero mis semillas, mis semillas ¿quién me las ha echado a rodar?

-El gato, ¿qué duda tiene? el gatito pequeño, el moreno, el mismo que habrá llevado el guante a la glorieta... ¡es lo más urraca!...

En la pajarera de Quintanar cantóun jilguero.

-¡El gato! ¡El moreno!... -dijo Frígilis, moviendo la cabeza- qué gato... ni qué...

Una sonrisa seráfica iluminó su rostro de repente, y volviéndose a Petra, señaló a la galería:

-¡Es mi macho! ¡es mi macho! ¿oyes? estoy seguro... ¡es mi macho!... y tu amo que decía... que su canario... que iba a cantar primero... oyes... ¿oyes? es mi macho, se lo he prestado quince días para que lo viese vencer... ¡es mi macho!

Frígilis olvidó el guante y el gato, y quedó arrobado oyendo el repiqueteo estridente, fresco, alegre del jilguero de sus amores.

Petra escondió en el seno de nieve apretada el guante morado del Magistral.