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La Regenta. Page 349

Spanish Literature: La Regenta - Leopoldo Alas

-Porque este año el Carnaval está muy desanimado por culpa de los Misioneros, por eso -respondía Foja, a quien había metido en la Junta directiva don Álvaro.

-La verdad es -dijo el presidente, Mesía- que nos exponemos a un desaire. La mayor parte de las señoritas comm'il faut están entregadas en cuerpo y alma a los jesuitas, creo que muchas traen cilicios debajo de la camisa.

-¡Qué horror! -exclamó don Víctor, que estaba presente, aunque no era de la Junta. (Pero por no separarse de Mesía.)

-Sí, señor, cilicios -corroboró Foja-. Amigo, el Magistral no puede tanto. No ha conseguido que sus hijas de confesión usen cilicios y otras invenciones diabólicas.

-Porque tampoco se lo ha propuesto -contestó Ronzal.

Don Álvaro observó que Quintanar se ponía colorado. Le había sabido mal la alusión de Foja. «Sí, aludía a su mujer al hablar del Magistral; con él iba la pulla».

-Lo cierto es -continuó el ex-alcalde- que nos exponemos a un desaire, como dice muy bien el presidente. La flor y nata de la conservaduría, que son las que animan esto, no vendrá; las conozco bien: ahora se divierten en jugar a las santas. Ahora son místicas... zurriagazo y tente tieso, ¡ja, ja, ja!

-A mí se me ocurre una cosa -dijo Mesía-. Exploremos el terreno. Hagamos que los socios que tienen relaciones con las familias distinguidas se enteren desi las niñas vienen o no. Si ellas asisten, las demás, las de reata, vendrán de fijo, malgré todos los jesuitas y padres descalzos del mundo.

-¡Magnífico! ¡Magnífico!

-Pues nada, a trabajar, a trabajar.

Cada cual ofreció traer a quien pudiera.

Don Víctor, a quien otra pulla de Foja había picado mucho, no pudo menos de decir:

-Yo, señores... respondo de traer a mi mujer. Esa no baila pero hace bulto.

-¡Oh, gran adquisición! -dijo un socio-; si doña Ana viene, será un gran ejemplo, porque ella, hace tanto tiempo retirada... ¡oh! será un gran ejemplo.

-Efectivamente. Que se corra que viene la Regenta y se llenará esto con lo mejorcito.

-Señor Quintanar -dijo el ex-alcalde- se le declara a usted benemérito del Casino... si consigue traer a su señora la Regenta.

-Pues sí señor ¡que vendrá!... En mi casa, señor Foja, una ligera insinuación mía es un decreto sancionado...

Y don Víctor se fue a casa maldiciendo de la hora en que se le había ocurrido asistir a la Junta.

«¿Por qué habría ofrecido él lo que no había de cumplir?».

«Sin embargo, la palabra era palabra».

Tiempo hacía que Quintanar no leía a Kempis, ni pensaba ya en el infierno con horror. De su piedad pasajera sólo le quedaba la convicción de que son necesarias las buenas obras además de la fe para salvarse, y la costumbre de persignarse al levantarse, al salir de casa, al dormir, etc., etc. Había vuelto a Calderón y Lope con más entusiasmo que nunca. Se encerraba ensu despacho o en su alcoba y recitaba grandes relaciones como él decía, de las más famosas comedias, casi siempre con la espada en la mano. Así le había sorprendido su mujer, sin que él lo supiera nunca, la noche de Noche buena. Verdad es que había cenado fuerte el buen señor y se le había ocurrido celebrar a su modo el Nacimiento de Jesús.