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La Regenta. Page 423

Spanish Literature: La Regenta - Leopoldo Alas

-¿Pero qué hace? vamos a ver...

-Mire usted, Álvaro, por nada de este mundo daría yo un disgusto a mi Anita, que es ahora modelo de esposas; siempre fue buena, pero antes tenía sus caprichos, ya recuerda usted...

-Sí, sí... al grano.

-Ahora la pobrecita coincide con mis gustos en todo. Por aquí, digo, y por aquí se va. Hasta le ha pasado aquella exaltación un poco selvática, aquel amor excesivo a los placeres bucólicos, aquella exclusiva preocupación de la salud al aire libre, del ejercicio, de la higiene en suma... Todos los extremos son malos, y Benítez me tenía dicho que la verdadera curación de Ana vendría cuando se la viese menos atenta a la salud de su cuerpo, sin volver, ni por pienso, al cuidado excesivo y loco de su alma. ¡Aquello era lo peor!

-Pero... no me dice usted...

-Allá voy; Ana vive ahora en un equilibrio que es garantía de la salud por la que tanto tiempo hemos suspirado;ya no hay nervios, quiero decir, ya no nos da aquellos sustos; no tiene jamás veleidades de santa, ni me llena la casa de sotanas... en fin, es otra, y la paz que ahora disfruto no quiero perderla a ningún precio. Ahora bien... Petra... puede y creo que quiere comprometernos.

-Pero vamos a ver, ¿qué hace Petra?

-Comprometer la paz de esta casa; temo que quiere dominarnos prevaliéndose de mi situación falsa, falsísima... lo confieso. ¿No comprende usted que para Ana tendría que ser un golpe terrible cualquier revelación de esa... ramerilla hipócrita?

-¿Pero qué sucede, señor? ¡hable usted claro y pronto! -gritó Mesía impaciente, más interesado en el asunto de lo que su amigo podía suponer.

-Más bajo, Álvaro, más bajo. ¿Qué sucede? Mucho. Petra sabe que yo quiero evitar a toda costa un disgusto a mi mujer, porque temo que cualquier crisis nerviosa lo echase todo a rodar y volviéramos a las andadas. Un desengaño, mi escasa fidelidad descubierta, de fijo la volvería a sus antiguas cavilaciones, a su desprecio del mundo, buscaría consuelo en la religión y ahí teníamos al señor Magistral otra vez... ¡Antes que eso, cualquiera cosa! Es preciso evitar a toda costa que Ana sepa que yo, en momento de ceguera intelectual y sensual fuí capaz de solicitar los favores de esa scortum, como las llama don Saturnino.

-Pero ¿por qué ha de saber Ana eso? Si, después de todo, no hay nada que saber...

-Sí; lo que hay basta para clavarle un puñal a la pobrecita. La conozco yo... Y sobre todo, si Petra dice lo que hay, mi esposa pensará lo demás, lo que no hay.

-¿Pero Petra?... Acabe usted. ¿Ha dicho algo? ¿Ha amenazado con decir?...

-Esa es la cuestión. Habla gordo, es insolente, trabaja poco, no admite riñas y aspira a ponerse en un pie de igualdad absurdo...

-Absurdo...

-Y la infame ¿con quién creerá usted que está más altiva, más soberbia, más insolente? ¿Conmigo? Eso parecería lo natural. ¡Pues no señor, con Ana! ¡Pásmese usted, con Ana!

Desde la nube de humo en que estaba envuelto, don Álvaro contestó:

-¡Ya se comprende... quiere hacerle a usted la forzosa; tal vez celos!

-Eso digo yo... «Sufre que tu mujer oiga insolencias a la que quisiste hacer tu concubina... o se lo cuento todo». Este es el lenguaje de la conducta de esa meretriz solapada. Ahora bien: un consejo; solución; ¿qué hago? ¿sufrir en silencio? Absurdo. Además, puede acabársele la paciencia a Anita, que si ha aguantado hasta ahora es por lo mucho que le queda de cuando fue casi santa... Pero si Ana se incomoda, si sospecha... si... ¡triste de mí!