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Don Quijote de la Mancha. Page 124

Online Library: Don Quijote de la Mancha

Digo, en fin, que entonces llegó en todo extremo aderezada y en todo extremo hermosa, o, a lo menos, a mi me pareció serlo la más que hasta entonces había visto; y con esto, viendo las obligaciones en que me había puesto, me parecía que tenía delante de mi una deidad del cielo, venida a la tierra para mi gusto y para mi remedio. Así como ella llegó, le dijo su padre en su lengua cómo yo era cautivo de su amigo Arnaúte Mamí, y que venia a buscar ensalada. Ella tomó la mano, y en aquella mezcla de lenguas que tengo dicho me preguntó si era caballero, y qué era la causa que no me rescataba. Yo le respondí que ya estaba rescatado, y que en el precio podía echar de ver en lo que mi amo me estimaba, pues había dado por mi mil y quinientos zoltanís. A lo cual ella respondió:
–En verdad que si tú fueras de mi padre, que yo hiciera que no te diera él por otros dos tantos; porque vosotros, cristianos, siempre mentís en cuanto decís, y os hacéis pobres por engañar a los moros.
–Bien podría ser eso, señora –le respondí–; mas en verdad que yo la he tratado con mi amo, y la trato y la trataré con cuantas personas hay en el mundo. –Y ¿cuándo te vas? –dijo Zoraida.
–Mañana creo yo –dije–, porque está aquí un bajel de Francia que se hace mañana a la vela, y pienso irme en él.
–¿No es mejor –replicó Zoraida– esperar a que vengan bajeles de España, y irte con ellos, que no con los de Francia, que no son vuestros amigos? –No –respondí yo–; aunque si como hay nuevas que viene ya un bajel de España es verdad, todavía yo le aguardaré, puesto que es más cierto el partirme mañana; porque el deseo que tengo de yerme en mi tierra y con las personas que bien quiero es tanto, que no me dejará esperar otra comodidad, si se tarda, por mejor que sea.
–Debes de ser, sin duda, casado en tu tierra –dijo Zoraida–, y por eso deseas ir a verte con tu mujer.
–No soy –respondí yo– casado; mas tengo dada la palabra de casarme en llegando allá.
–Y ¿es hermosa la dama a quien se la diste? –dijo Zoraida.
–Tan hermosa es –respondí yo–, que para encarecella y decirte la verdad, te parece a ti mucho.
Desto se riyó muy de veras su padre, y dijo:
–Gualá, cristiano, que debe de ser muy hermosa si se parece a mi hija, que es la más hermosa de todo este reino. Si no, mírala bien, y verás cómo te digo verdad.
Servíanos de intérprete a las más destas palabras y razones el padre de Zoraida, como más ladino; que aunque ella hablaba la bastarda lengua que, como he dicho, allí se usa, más declaraba su intención por señas que por palabras. Estando en estas y otras muchas razones, llegó un moro corriendo, y dijo a grandes voces que por las bardas o paredes del jardín habían saltado cuatro turcos, y andaban cogiendo la fruta, aunque no estaba madura. Sobresaltóse el viejo, y lo mesmo hizo Zoraida; porque es común y casi natural el miedo que los moros a los turcos tienen, especialmente a los soldados, los cuales son tan insolentes y tienen tanto imperio sobre los moros que a ellos están sujetos, que los tratan peor que si fuesen esclavos suyos. Digo, pues, que dijo su padre a Zoraida:
–Hija, retírate a la casa y enciérrate, en tanto que yo voy a hablar a estos canes; y tú, cristiano, busca tus yerbas, y vete en buen hora, y llévete Alá con bien a tu tierra.
Yo me incliné, y él se fue a buscar los turcos, dejándome solo con Zoraida, que comenzó a dar muestras de irse donde su padre la había mandado; pero apenas él se encubrió con los árboles del jardín, cuando ella, volviéndose a mí, llenos los ojos de lágrimas, me dijo: –¿Tamejí, cristiano, tamejí? –Que quiere decir: «¿Vaste, cristiano, vaste?»
Yo la respondí:
–Señora, sí; pero no, en ninguna manera, sin ti: el primero jumá me aguarda, y no te sobresaltes cuando nos veas; que sin duda alguna iremos a tierra de cristianos. Yo le dije esto de manera que ella me entendió muy bien a todas las razones que entrambos pasamos; y echándome un brazo al cuello, con desmayados pasos comenzó a caminar hacia la casa; y quiso la suerte, que pudiera ser muy mala si el cielo no lo ordenara de otra manera, que yendo los dos de la manera y postura que os he contado, con un brazo al cuello, su padre, que ya volvía de hacer ir a los turcos, nos vio de la suerte y manera que íbamos, y nosotros vimos que él nos había visto; pero Zoraida, advertida y discreta, no quiso quitar el brazo de mi cuello; antes se llegó más a mí y puso su cabeza sobre mi pecho, doblando un poco las rodillas, dando claras señales y muestras que se desmayaba, y yo, ansimismo, di a entender que la sostenía contra mi voluntad. Su padre llegó corriendo adonde estábamos y viendo a su hija de aquella manera, le preguntó que qué tenía, pero como ella no le respondiese, dijo su padre:
–Sin duda alguna que con el sobresalto de la entrada de estos canes se ha desmayado. Y quitándola del mío, la arrimó a su pecho, y ella, dando un suspiro y, aún no enjutos los ojos de lágrimas, volvió a decir: –Amejí, cristiano, amejí. «Vete, cristiano, vete.»